El dilema ético del caso de la niña gallega

Diario, El Sur (Málaga) 3 octubre 201512:47

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Dr. Fernández-Crehuet

Me imagino el ‘calvario’ que estarán pasando los pediatras del Hospital Clínico de Santiago que atienden a la niña gallega cuyos padres le piden reiteradamente que dejen morir a su hija. Por si esto fuera poco, el Comité de Etica Asistencial del Hospital ha dictaminado a favor de quitar la sonda nasogástrica y dejar morir a la paciente. Además al rebufo de este dilema ético, con un claro oportunismo, algunos ‘políticos’ aprovechan para declarar solemnemente que cuando ellos lleguen al poder cambiarán la legislación sobre la eutanasia y estos asuntos dejaran de ser problema.

Me preocupa que la opinión pública se intoxique con la idea de que estos médicos están ejerciendo una mala praxis al enrocarse en una perversa obstinación terapéutica, prefiero pensar que tendrán sus razones técnicas y éticas que justifiquen su actitud.

No conozco a mis colegas del Hospital Clínico de Santiago y tampoco tengo noticias detalladas del cuadro clínico que padece esta paciente pero sí estoy seguro que cuando los pediatras responsables mantienen la postura de resistir la presión mediática y no obedecer la recomendación del Comité de Ética Asistencial (en ningún caso vinculante) es por razones que solo ellos conocen y que serán el resultado de una reflexión meditada.

Me preocupa que en este debate se haya perdido la confianza en el equipo médico que es sin duda, el pilar fundamental en el que se apoya una buena praxis médica. Resulta evidente que ya no hay simbiosis de intereses mutuos entre el médico y la familia tal como contempla muy bien el Código de Deontología Médica cuando apunta que «La asistencia médica exige una relación plena de entendimiento y confianza entre el médico y el paciente». (art.8.2).

Conviene que la opinión pública sepa que la ética médica ante los enfermos incurables o terminales nunca los abandona sino que recomienda como buena praxis si no es posible curar, hay que cuidar, además de consolar y acompañar. Para esto existen las unidades de Cuidados Paliativos en donde se van limitando las estrategias de tratamiento hasta llegar a establecer una adecuación dinámica del esfuerzo terapéutico según la evolución del paciente.

En este situación nos encontramos cada día en cualquier hospital donde se retiran, o se ajustan e incluso no se instauran tratamientos cuando se presume que no van a mejorar el pronóstico del enfermo. Esto en modo alguno es una práctica eutanásica sino todo lo contrario, son actos repletos de ciencia, de prudencia y rigor científico que fundamentan una buena práctica médica. En estos casos, me parece incluso más acertado abandonar el término de «limitación del esfuerzo terapéutico» ya que no se trata de ninguna limitación de tratamientos sino de una adecuación de los mismos a la situación clínica del paciente.

En este orden de cosas es en el que hay que situar el núcleo del dilema ético del caso que nos ocupa ya que algunos piden retirar la alimentación artificial por sonda y no es fácil decidir si esta es una medida proporcionada y ordinaria o es al contrario desproporcionada y futil.

Entiendo perfectamente que los médicos puedan dudar y opinar de forma contraria, pero prefiero quedarme con el criterio de los profesionales que atienden a la niña ya que posiblemente durante un tiempo la alimentación por sonda ha sido un medio ordinario de soporte básico, pero en cualquier momento puede dejar de serlo cuando se agrave la enfermedad en cuyo caso la sonda para alimentar puede ser una medida extraordinaria de muy dudosa recomendación.

Por todo ello, me arriesgo a apostar por la rectitud de los colegas del Hospital Clínico entendiendo, en razón a lo que he leído, que no hay una obstinación terapéutica mientras no se mantengan medidas futiles, desproporcionadas o extraordinarias.

Al final parece que será un juez el que dictamine que hacer en este caso, pero personalmente-si yo fuera el responsable de este asunto haría valida la idea de Felipe González Vicén cuando dice «No hay un fundamento ético para la obediencia al derecho y si un fundamento ético absoluto para desobedecerlo».